El
desierto por el que cabalgaba era rojo y rojo el polvo que levantaba, el polvo fino
que cubría las patas del caballo que montaba, el caballo que conducía. Al atardecer
se levantó un viento y enrojeció todo el cielo que se extendía ante él. Había poco
ganado en aquella tierra porque era tierra baldía, pero en el crepúsculo topó
con un toro solitario revolviéndose en el polvo contra la puesta de sol de
color rojo sangre como un animal en el tormento de un rito. El polvo de color
rojo sangre bajaba soplando desde el sol. Tocó el caballo con los tacones y
siguió adelante. Cabalgaba con el sol cubriéndole la cara de cobre y el viento
rojo soplando del oeste sobre la tierra crepuscular y los pequeños pájaros del
desierto volaban gorjeando entre los helechos secos, y caballo, jinete y
caballo pasaban de largo y sus largas sombras pasaban en tándem como la sombra
de un solo ser. Pasaban y palidecían en la tierra oscurecida, el mundo
venidero.
jueves, 15 de enero de 2026
Momentos 44. “Todos los hermosos caballos” de Cormac McCarthy
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